Un abrazo que contenía toda una historia. Por JM Prades


La jornada del 29 de octubre se celebró bajo el impacto de la tragedia ferroviaria ocurrida la víspera en Urda (Toledo), un accidente que había conmocionado al país. Florencio Garrido llegó tarde. La huelga de maquinistas había complicado el viaje y, entre unas cosas y otras, el reloj había avanzado más de lo previsto. Cuando por fin encontró la sala y accedió al acto, un diputado estaba interviniendo. Serían aproximadamente las once de la mañana.

Se identificó, entró en la Sala de las Trece Rosas y buscó con la mirada a los conocidos. Allí estaban Pepe Tejero y José Carlos Piñeiro.

Entonces ocurrió algo que nadie había previsto.

Piñeiro se levantó y caminó hacia él. Él hizo lo mismo. Entre ambos quedaba el espacio central de la sala, ese pasillo que separaba la zona de intervención de los asientos. Se encontraron allí, en medio, mientras el diputado continuaba hablando.

Y se abrazaron.

No fue un saludo rápido, ni uno de esos abrazos protocolarios que acompañan los reencuentros. Fue un abrazo largo, de dos o tres minutos, quizá más. Un abrazo en el que las palabras dejaron de tener sentido y las lágrimas ocuparon su lugar. Lloraban los dos, abrazados, mientras la intervención seguía su curso como si, durante unos instantes, el resto de la sala perteneciera a otro mundo.

No hubo cálculo ni intención de llamar la atención. Fue algo espontáneo, inconsciente, nacido directamente del corazón. Una emoción que se abrió paso sin pedir permiso, que no necesitó explicaciones ni discursos. A veces, la memoria no se manifiesta contando lo sucedido, sino encontrándose cara a cara con alguien que también lo vivió.

Después hubo preguntas, incluso durante la comida. Pero ¿cómo se explica algo así? ¿Cómo se traduce en palabras lo que apenas puede comprenderse desde fuera?

También estuvo Pepe Tejero Díaz. Y llegó otro momento de emoción, de esos en los que ya cuesta continuar, porque hay sentimientos que desbordan cualquier intento de expresarlos.

Quizá aquella jornada tuviera ponencias, intervenciones, argumentos y reivindicaciones. Todo ello forma parte de un acto público y puede recogerse en una crónica. Pero hay otra historia que no figura necesariamente en los programas ni en las actas: la que se escribe en los rostros de quienes vuelven a encontrarse después de haber compartido una lucha.

Porque detrás de aquellas lágrimas había algo más que afecto. Había memoria. Había reconocimiento. Había, posiblemente, muchas ausencias, muchos recuerdos y demasiados años de una historia que no siempre ha recibido la atención que merece.

El protagonista del relato lo reconoce con una sencillez que dice mucho: aquello no se puede escribir ni explicar verbalmente. Hay que sentirlo.

Y tal vez tenga razón. Hay abrazos que contienen más verdad que muchas declaraciones. Abrazos que no necesitan reconstruir el pasado porque quienes los protagonizan lo llevan consigo. Abrazos en los que caben la amistad, el sufrimiento, la dignidad y la memoria de una lucha que, para algunos, nunca ha terminado.

Aquel día, mientras un diputado hablaba ante los asistentes, dos hombres se abrazaron y lloraron. Durante unos minutos, la historia dejó de ser un asunto que contar y se convirtió en algo que estaba allí, vivo, entre ellos.

Y eso, precisamente eso, también forma parte de la historia. 

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