El arte de mandar... o de perder los papeles. Por JM Prades
Hay instituciones que
inspiran respeto por su historia, por el sacrificio de quienes las integran y
por los valores que representan. La Guardia Civil es una de ellas. Precisamente
por eso, cuando el espectáculo llega desde la cúpula, el daño no es solo
interno: alcanza a toda la institución.
Durante años se nos
ha explicado que un general debe ser ejemplo de disciplina, serenidad,
templanza y autocontrol. Que el mando no consiste en gritar más fuerte, sino en
decidir mejor. Que la autoridad no se impone, se gana. Qué ingenuidad la nuestra.
Gracias a los audios
publicados por el periódico ABC hemos descubierto que, al parecer, el verdadero
temario para ascender al generalato incluía asignaturas optativas como "Insulto Creativo Aplicado",
"Amenazas Avanzadas" y
"Diplomacia de Alcantarilla".
Porque hay que
reconocer que el repertorio lingüístico es amplio. No todos los días se tiene
la oportunidad de escuchar a quien dirige el Mando de Operaciones expresarse
con un refinamiento digno de un simposio de filología clásica. "No te meto
dos hostias porque no te tengo delante". "Me vas a comer la
polla". "Me cago en tu puta madre". Shakespeare habría sentido
una mezcla de admiración y envidia.
Y todo ello no en la
barra de un bar a las tres de la madrugada. No entre dos desconocidos después
de un partido de fútbol. No.
Entre dos generales.
Dos personas que,
sobre el papel, representan el máximo nivel profesional de una institución
armada del Estado.
Es aquí donde algunos
intentan tranquilizarnos. "Era una conversación privada", dicen.
Claro. También las reuniones del Consejo de Ministros son privadas y nadie
esperaría escuchar algo parecido. La privacidad puede explicar que una
conversación salga a la luz; no convierte en aceptable su contenido.
Porque lo
verdaderamente preocupante no son solo las palabras. Es la naturalidad con la
que parecen pronunciarse. No suenan a un exabrupto aislado tras una tragedia
personal. Suenan a quien habla convencido de que puede hacerlo sin que ocurra
absolutamente nada.
Y, de momento, parece
que no ocurre absolutamente nada.
El DAO continúa en su
puesto.
Las asociaciones
profesionales, mantienen un perfil sorprendentemente discreto. Resulta curioso.
Cuando un guardia civil de base comete una irregularidad, las notas de prensa
suelen aparecer con notable rapidez. Cuando el protagonista es uno de los
máximos responsables de la institución, el silencio adquiere un inesperado
valor estratégico.
Quizá sea casualidad.
O quizá todos estén
esperando el momento adecuado.
Ese momento que, en
España, suele coincidir con nunca.
Luego está la
comparecencia en el Senado. Ahí el espectáculo alcanzó otra dimensión. No había
dimisión. No había petición de disculpas. No había la menor impresión de que
hubiera sucedido algo incompatible con la dignidad del cargo.
Había, simplemente,
normalidad.
Y esa quizá sea la
palabra más inquietante de toda esta historia.
Porque una cosa es
perder los nervios. Todos somos humanos.
Otra muy distinta es
transmitir la sensación de que perder los nervios, insultar a otro general y
utilizar un lenguaje propio de una pelea tabernaria entra dentro de lo
razonablemente aceptable para seguir dirigiendo el principal órgano operativo
de la Guardia Civil.
Algunos argumentarán
que los audios deben contextualizarse. Por supuesto que sí.
Todo debe
contextualizarse.
Lo que resulta más
difícil de contextualizar es cómo se pasa de exigir disciplina, respeto y
ejemplaridad a miles de guardias civiles mientras quienes ocupan la cúspide
parecen protagonizar una competición para ver quién pronuncia el insulto más
memorable.
Hay además un detalle
revelador.
Si uno habla así con
un general, si ese es el tono
empleado con un miembro del propio generalato, cuesta no preguntarse cuál será
el estilo de mando cuando el interlocutor carece del rango y la capacidad de
discrepar que proporciona un empleo tan elevado. Resulta inevitable que muchos
ciudadanos se hagan una pregunta incómoda: ¿cómo será el trato con quien no
tiene estrellas de cuatro puntas en la bocamanga?
No sabemos la
respuesta.
Y sería injusto
afirmarla sin pruebas.
Pero la pregunta
existe.
Y existe porque
quienes ostentan el mando tienen la obligación de inspirar confianza, no dudas.
Mientras tanto, el
ambiente en la cúpula parece describirse solo. Grabaciones privadas.
Filtraciones. Denuncias. Acusaciones cruzadas. Generales enfrentados. Un clima
más propio de una serie de intriga política que de una institución cuya
principal fortaleza siempre ha sido la cohesión interna.
Quizá lo más
paradójico de todo sea que quienes más daño hacen a la imagen de la Guardia
Civil no son quienes publican los audios.
Son quienes
protagonizan unos audios que nunca deberían haber existido.
Porque la Guardia
Civil no merece que el debate público gire en torno a expresiones soeces,
amenazas y luchas internas. Merece que se hable de los miles de hombres y
mujeres que cada día trabajan con profesionalidad, muchas veces en condiciones
difíciles y lejos de los focos.
Ellos son la
institución.
No quienes confunden
el ejercicio del mando con el privilegio de perder las formas.
Al final, quizá el
problema no sea que alguien dijera "te voy a dar dos hostias" o
"me vas a comer la polla".
Quizá el verdadero
problema sea que, después de escucharlo, todavía haya quien piense que aquí no
ha pasado nada.
Y eso, más que un
escándalo, empieza a parecer una costumbre.

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