La caverna, la mentira y la erosión de la confianza. Por JM Prades
Hay escándalos políticos que nacen de grandes delitos y otros que surgen de algo aparentemente más sencillo: una frase. Una negación. Una afirmación pronunciada con absoluta seguridad que, poco después, se demuestra incompatible con los hechos conocidos.
El caso de las reuniones entre la directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, y Leire Díez ha terminado convirtiéndose en un ejemplo paradigmático de cómo la credibilidad institucional puede erosionarse incluso antes de que exista una responsabilidad judicial acreditada.
Durante días, la atención pública se centró en una cuestión muy concreta: si esas reuniones habían existido o no. La respuesta ofrecida desde el Ministerio del Interior fue contundente. No hubo reuniones. No había nada que explicar.
Sin embargo, con el paso de los días, aparecieron informaciones, testimonios y referencias documentales que apuntaban en dirección contraria. La propia Mercedes González terminó reconociendo encuentros con Leire Díez, aunque negó que estuvieran relacionados con intentos de interferir en investigaciones o perjudicar a unidades concretas de la Guardia Civil. El relato oficial cambió entonces de naturaleza. Ya no se sostenía que los encuentros nunca hubieran tenido lugar; ahora se defendía que, aunque existieron, no tuvieron relevancia indebida.
Y es precisamente ahí donde aparece el verdadero problema político.
Porque la cuestión dejó de ser qué se habló en aquellas reuniones para convertirse en otra mucho más elemental: ¿por qué se negaron inicialmente?
Las democracias modernas pueden soportar errores. Pueden soportar decisiones impopulares. Incluso pueden sobrevivir a escándalos de enorme gravedad cuando las instituciones reaccionan con transparencia y asunción de responsabilidades. Lo que resulta mucho más corrosivo es la sensación de que la verdad oficial depende del momento político y no de los hechos.
Alguien miente con mucha disciplina, precisión y sinceridad.
Más allá del destinatario o destinatarios en concreto de esa acusación, la frase encierra una crítica profunda a una forma de ejercer el poder. No describe la mentira improvisada o torpe. Describe una mentira administrada con método, pronunciada con aplomo y revestida de una apariencia de rigor institucional.
La gravedad de esa percepción no reside únicamente en la falsedad de una afirmación concreta, sino en la pérdida progresiva de confianza que provoca. Cuando un ciudadano escucha primero que algo no ocurrió, después descubre que sí ocurrió y finalmente recibe la explicación de que, en realidad, nunca fue importante, es inevitable que surja una pregunta: ¿cuál era la verdad desde el principio?
Llegados a este punto, resulta imposible no recordar el mito de la caverna de Platón.
En la alegoría platónica, unos prisioneros permanecen encadenados observando sombras proyectadas sobre una pared. Para ellos, esas sombras constituyen toda la realidad posible. Solo cuando uno consigue liberarse y salir al exterior comprende que aquello que tomaba por verdadero era apenas una representación parcial y manipulada del mundo.
La política contemporánea parece haberse convertido, en demasiadas ocasiones, en una sofisticada gestión de sombras.
La primera sombra es tranquilizadora: no ha ocurrido nada.
Cuando esa versión deja de ser sostenible, aparece una segunda: sí ocurrió, pero no tiene importancia.
Después llega una tercera: quienes insisten en preguntar persiguen intereses ocultos.
Y finalmente una cuarta: el verdadero problema no es lo sucedido, sino el ruido generado a su alrededor.
Cada nueva sombra intenta sustituir a la anterior sin reconocer explícitamente el error cometido. No se pide disculpas por la información falsa inicial. Simplemente se desplaza el foco hacia otra parte.
Sería injusto afirmar que conocemos con absoluta certeza todas las intenciones de quienes protagonizan este episodio. No disponemos de pruebas que acrediten una conducta delictiva ni podemos penetrar en la conciencia ajena para determinar si existió voluntad deliberada de engañar o una negligente gestión de la comunicación.
Pero tampoco es razonable exigir a los ciudadanos una ingenuidad ilimitada.
Cuando la contradicción entre las declaraciones iniciales y los hechos posteriormente admitidos es objetiva, la exigencia de responsabilidades políticas deja de ser una extravagancia partidista. Se convierte en una defensa de un principio democrático elemental: los gobernantes deben decir la verdad o, cuando menos, rectificar con honestidad cuando no la han dicho.
El problema no es únicamente Mercedes González. Tampoco es únicamente Fernando Grande-Marlaska. El problema es más amplio y afecta a la cultura política que se normaliza cuando la mentira deja de tener consecuencias.
Una democracia no se deteriora solo por la corrupción o por la ilegalidad. También se debilita cuando sus ciudadanos empiezan a asumir que la verdad oficial es maleable, que las versiones cambian sin coste alguno y que la coherencia entre hechos y explicaciones constituye una aspiración ingenua.
Platón advertía que salir de la caverna era incómodo. La luz molesta a quien ha vivido demasiado tiempo entre sombras. También explicaba que quienes regresan para contar lo que han visto suelen ser recibidos con hostilidad.
Quizá la lección más vigente del viejo filósofo ateniense sea precisamente esa: la libertad política exige ciudadanos dispuestos a contrastar relatos, desconfiar de las certezas prefabricadas y reclamar explicaciones cuando las versiones oficiales se contradicen.
Porque el verdadero peligro para una sociedad democrática no es descubrir que algunos dirigentes han faltado a la verdad. El verdadero peligro es acostumbrarse a ello.
Y cuando eso sucede, la caverna deja de ser una alegoría filosófica para convertirse en una forma habitual de gobierno: un lugar donde las sombras cambian constantemente sobre la pared y donde cada vez menos personas recuerdan que la verdad debería importar.
No hay, hasta donde se conoce públicamente, base suficiente para afirmar una responsabilidad penal. Pero sí existen motivos suficientes para exigir una responsabilidad política. Y, bajo un estándar exigente de integridad institucional, Mercedes González debería presentar su dimisión o ser cesada para preservar la credibilidad de la Guardia Civil.
Cuando la confianza pública en una institución tan sensible queda seriamente dañada por contradicciones en las explicaciones de sus responsables, la responsabilidad política deja de ser una cuestión partidista y pasa a ser una cuestión de higiene democrática.

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