UTOPÍA DE SUEÑOS COMPARTIDOS. Por JM Prades
El asociacionismo profesional en la Guardia Civil comenzó como un verdadero cónclave de aventureros en la clandestinidad. Un puñado de guardias civiles dispuestos a asumir riesgos enormes por ideales de cambio democrático: desmilitarización, libre sindicación y reconocimiento profesional. Era toda una aventura, con resultados inciertos, en un contexto represivo coercitivo de topos, expedientes disciplinarios, internamientos y expulsiones. La Operación Columna creada explícitamente para su desarticulación. Una caza de brujas. Uno no podía fiarse ni de su propia sombra.
Con el paso de los años, esa misma generación se convirtió en lo que hoy puede llamarse “asilo de soñadores”: mantienen vivos sus ideales, pero observan con frustración cómo las reivindicaciones esenciales siguen incumplidas. La audacia inicial se transformó en resistencia paciente para unos y conformismo, resignación y sumisión para otros, frente a un sistema que absorbe presión interna sin alterar su núcleo, otorgando avances incrementales pero preservando la jerarquía y la disciplina militar.
Los precursores entendían también la intención del constituyente de 1978: garantizar un modelo civil para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La Guardia Civil forma parte de esas fuerzas, pero mantiene naturaleza militar dentro de ese marco, mientras que la Policía Nacional se civilizó plenamente. Esa singularidad no fue casual. Respondía a un contexto histórico extremadamente sensible: en plena transición, con el persistente ruido de sables y equilibrios institucionales delicados, el legislador optó por la prudencia y mantuvo la militarización del cuerpo pese a la tendencia civilista del nuevo modelo de seguridad pública.
Un episodio catalizador en la memoria colectiva es, sin duda, la manifestación de policías y guardias civiles de 17 de diciembre de 1976. Constituye un hito simbólico del malestar corporativo en la Transición, un referente colectivo. Este año se cumplirán 50 años de aquella protesta. Lo llamativo es que, en un último año especialmente prolífico en documentales y docuseries sobre la Transición, dicha manifestación no ha encontrado espacio narrativo. La Transición se ha contado muchas veces desde la política institucional, desde la movilización civil o desde los grandes consensos, pero ninguna vez desde las tensiones internas de los cuerpos encargados precisamente de garantizar el orden en aquel periodo convulso. La memoria selectiva, en procesos históricos complejos, suele decir tanto por lo que recuerda como por lo que deja fuera.
Un referente individual, Manuel Rosa Recuerda -conocido como el cabo Rosa- símbolo de aquel primer impulso reivindicativo en 1986. Su caso personalizó el conflicto y simbolizó el coste profesional y humano que, en aquel contexto de fuerte disciplina y vigilancia interna, podía acarrear cualquier tentativa de cuestionamiento del statu quo.
La Guardia Civil sigue siendo una institución operativa, con elevada legitimidad social y eficacia reconocida. Pero su arquitectura interna protege el statu quo: concede mejoras graduales -condiciones de trabajo, interlocución formal, visibilidad pública- sin alterar los pilares esenciales de disciplina y jerarquía. Por eso los soñadores-aventureros continúan esperando resultados que se eternizan.
La presión europea abre, no obstante, una ventana de cambio plausible. Los tribunales y organismos europeos insisten en que los Estados deben garantizar derechos efectivos de asociación, incluso en cuerpos de naturaleza militar. La evolución previsible apunta a un modelo "europea-compliant", es decir, cumple con los estándares y normativas de la Unión Europea o del Consejo de Europa: sindicatos profesionales con capacidad de negociación limitada, supervisión administrativa, pluralidad garantizada y protección frente a represalias, todo ello sin comprometer la operatividad ni la disciplina militar.
Si ese escenario se materializa, décadas de aspiraciones podrían traducirse por fin en avances tangibles: reconocimiento real de derechos colectivos y una interlocución menos simbólica y más eficaz. Los ideales que impulsaron aquella aventura inicial encontrarían entonces un cauce institucional, sin romper la naturaleza singular de la Guardia Civil dentro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Un modelo de sindicación "light".
El reto seguirá siendo el mismo que animó a aquellos primeros inconformistas: equilibrar audacia y paciencia, convicción y estrategia. Porque los sistemas cambian despacio, pero la historia demuestra que la perseverancia -cuando se sostiene en el tiempo- termina, antes o después, abriendo grietas incluso en las estructuras más resistentes.

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