TÍKKUN OLAM frente a la violencia institucional. Por JM Prades

 


Hay palabras que no aspiran a conquistar el mundo, sino a cuidarlo. Tíkkun Olam es una de ellas. Procedente de la filosofía ética hebrea, esta noción -traducible como "reparar el mundo"- no convoca epopeyas redentoras ni promete utopías finales. No habla de salvar a la humanidad ni de arrasar lo existente para reconstruirlo desde cero. Su ambición es más modesta y, precisamente por ello, más profunda: asumir la responsabilidad humana de reparar lo dañado, como se repara un objeto quebrado, una relación herida o una injusticia concreta.

Ese principio, tan antiguo como vigente, resulta particularmente esclarecedor cuando se confronta con episodios contemporáneos de violencia institucional, como la denominada Operación Columna, dirigida contra guardias civiles que, desde una posición inequívocamente democrática, reclamaron el ejercicio efectivo de derechos constitucionales. No estamos ante un conflicto abstracto entre ideas, sino ante personas reales sometidas a mecanismos de castigo, silenciamiento y exclusión por el mero hecho de ejercer derechos reconocidos por el ordenamiento jurídico que juraron defender.

La paradoja es evidente: el Estado de derecho castigando a quienes apelan al Estado de derecho.

La lógica de la destrucción preventiva

Las dinámicas represivas suelen justificarse mediante un razonamiento que podríamos llamar constructivismo autoritario: la idea de que es necesario destruir, purgar o extirpar ciertos elementos para preservar un orden supuestamente superior. Bajo esta lógica, el disenso no es una oportunidad de corrección, sino una amenaza; la crítica interna no es un síntoma de salud democrática, sino una grieta intolerable.

La Operación Columna, más allá de sus detalles concretos, encaja en ese patrón: una respuesta desproporcionada, opaca y punitiva frente a demandas que no pretendían subvertir el sistema, sino hacerlo coherente consigo mismo. No se pedía la abolición de la institución, sino su adecuación a los principios constitucionales que la legitiman.

Aquí es donde el contraste con Tíkkun Olam se vuelve especialmente fértil. Mientras la lógica autoritaria tiende a romper para rehacer, la ética de la reparación propone intervenir con cuidado, conscientes de la fragilidad del conjunto. Reparar no es negar el daño; es reconocerlo sin convertirlo en excusa para la devastación.

Reparar no es resignarse

Conviene aclararlo: Tíkkun Olam no es conformismo ni pasividad moral. Al contrario, exige una responsabilidad activa, incluso incómoda. Reparar el mundo implica intervenir allí donde hay fractura, desigualdad o abuso, aunque ello suponga enfrentarse a estructuras de poder consolidadas.

En este sentido, los guardias civiles que reclamaron derechos fundamentales no actuaron como agentes desestabilizadores, sino como sujetos éticos comprometidos con la reparación institucional. Señalar una injusticia interna es una forma de lealtad democrática, no de traición. La verdadera deslealtad consiste en normalizar el daño, en aceptar que ciertas vulneraciones son el precio inevitable del orden.

Tíkkun Olam rechaza esa resignación. Parte de una antropología realista: el mundo está roto -parcialmente, de manera desigual, nunca del todo- y precisamente por eso requiere cuidado constante. No hay redención final que nos exima de esa tarea.

La modestia como virtud política

Uno de los rasgos más valiosos de este concepto es su modestia epistemológica. No presupone que sepamos cómo debe ser el mundo perfecto. Nos invita, en cambio, a prestar atención a lo concreto, a lo próximo: una norma injusta, un procedimiento abusivo, un silencio impuesto.

En un contexto institucional, esta modestia se traduce en mecanismos de corrección, escucha y autocrítica. Lo contrario -la pretensión de infalibilidad- conduce inevitablemente al abuso. Cuando una institución se concibe a sí misma como incuestionable, cualquier fisura se interpreta como una amenaza existencial y no como una oportunidad de mejora.

La reacción frente a las demandas democráticas internas revela, por tanto, no fortaleza, sino fragilidad moral. Una institución segura de su legitimidad no teme a la verdad; la busca, aunque sea vertiginosa.

La verdad como vértigo

Porque reparar implica, inevitablemente, buscar la verdad. Y la verdad no siempre es cómoda. Tiene algo de abismo: obliga a mirar lo que preferiríamos ignorar, a aceptar responsabilidades, a renunciar a relatos tranquilizadores.

Tíkkun Olam asume ese vértigo sin dramatismo. No promete que la verdad nos hará libres de inmediato, pero sí que nos hará responsables. En el caso que nos ocupa, la verdad exige preguntarse qué tipo de cultura institucional permite -o incluso fomenta- la persecución de quienes reclaman derechos básicos.

No se trata de señalar culpables individuales como chivos expiatorios, sino de reparar estructuras, prácticas y mentalidades. Como en la reparación de un jarrón, no basta con pegar los fragmentos visibles; hay que reforzar las zonas debilitadas para que no vuelva a romperse por el mismo lugar.

Ecología moral y social

La idea de reparación tiene también una dimensión ecológica, en un sentido amplio. Las instituciones, como los ecosistemas, pueden degradarse lentamente si no se corrigen los desequilibrios. La represión del disenso actúa como un agente contaminante: empobrece el debate, erosiona la confianza y genera miedo.

Reparar, en cambio, restaura equilibrios. En la sociedad, en las organizaciones y también en los sentimientos. Porque la violencia institucional no solo daña derechos; hiere biografías, rompe trayectorias vitales y deja cicatrices emocionales difíciles de cerrar.

Reconocer ese daño es el primer paso de cualquier reparación auténtica.

Una ética para tiempos no heroicos

Vivimos tiempos que parecen exigir gestos grandilocuentes, soluciones totales, relatos épicos. Frente a esa tentación, Tíkkun Olam ofrece una ética para tiempos no heroicos, pero profundamente humanos. Una ética que no promete la salvación del mundo, pero sí su cuidado persistente.

Aplicada al ámbito político e institucional, esta idea nos recuerda que la democracia no se defiende aplastando voces críticas, sino escuchándolas; que la autoridad no se fortalece mediante el castigo injusto, sino mediante la coherencia moral.

Reparar el mundo -y las instituciones que lo habitan- es una tarea inacabable. Pero es, quizá, la única que merece la pena. No para construir un mundo nuevo sobre las ruinas del anterior, sino para hacer habitable el que ya tenemos.

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